pisces/ENFP
El Soñador Oceánico
Una marea que ama la orilla que nunca podrá retener, disolviéndose en cada horizonte hacia el que se siente atraída.
El arquetipo
Aquí habita una criatura hecha casi por completo de membrana permeable, donde el instinto pisciano hacia la disolución, hacia la entrega del yo en algo más vasto e innombrado, se encuentra con el hambre inquieta del ENFP por la posibilidad, por la próxima puerta, la próxima persona, el próximo destello de significado entrevisto en el borde de la percepción. Encontrarse con esta persona es encontrarse con alguien que siente el mundo antes de pensarlo, que registra los duelos no expresados de una habitación y las esperanzas secretas de un desconocido como si fueran clima atravesando su propio cuerpo, y que luego, con esa combustibilidad tan propia del ENFP, quiere hacer algo con todo ese sentir, reunirlo en una historia, un movimiento, una conexión que pueda, aunque sea brevemente, redimir el caos.
El signo de agua aporta la profundidad, la capacidad de compasión que fluye por debajo de todo cálculo racional, la disposición a llorar lo que otros no han advertido que ha desaparecido; la función del Campeón aporta el impulso hacia afuera, la convicción de que cada ser humano es un universo que merece ser habitado y que el momento presente se abre sin cesar hacia futuros inexplorados. Juntos producen a una persona luminosa y difícil de retener, generosa hasta el punto del borrado de sí misma, perpetuamente comenzando y raramente concluyendo.
Existe, en esta configuración, una relación peculiar con el tiempo, pues Piscis vive en una especie de presente eterno saturado por el residuo de todo lo que ha pasado, mientras que el ENFP vive en el todavía-no, en lo imaginado, y así esta persona habita una extraña doble exposición, nostálgica e impaciente a la vez, llorando y esperando en el mismo aliento, sin residir del todo en la hora que realmente ocupa.
Tensión interna
La fractura corre a lo largo del eje de la falta de forma. Piscis busca disolverse, fundirse, dejar que los bordes de la identidad se ablanden hasta que el yo y el otro y el océano sean indistinguibles, mientras que el ENFP, con toda su fluidez, necesita un público, un yo reconocible del que otras personas puedan enamorarse y al que puedan seguir, un centro lo bastante carismático como para reunir a los demás a su alrededor. Un impulso quiere desaparecer en el agua; el otro quiere ser visto caminando sobre ella.
Así, esta persona está perpetuamente dividida entre el anhelo de no ser nadie, de quedar libre del agotador trabajo de ser una personalidad, y la necesidad igualmente intensa de importar, de ser quien iluminó la habitación, quien nombró lo innombrable para los demás. Ninguno de los dos impulsos puede ser plenamente satisfecho, porque fundirse del todo es perder el yo al que el mundo responde, y brillar del todo es endurecerse en la identidad fija que el alma pisciana encuentra intolerable, y esta oscilación no es un problema que resolver sino el clima en el que una vida así transcurre.
En el amor
Ser amado por esta persona es que te digan, con sinceridad, que eres infinito, y sentir la verdad de ello en su atención, que cae sobre ti como sol a través de agua profunda, total y cálida y levemente distorsionadora; aman entrando en ti, abriéndose camino hacia tu arquitectura interior hasta que tus estados de ánimo son los suyos, y esta fusión es tanto el don como el peligro, pues pueden amar a tantas personas, con tanta genuinidad, que el ser amado nunca tiene la certeza de ser singular. El entusiasmo del ENFP hace que cada comienzo parezca destinado, y la ternura pisciana hace que cada herida parezca compartida.
Sin embargo, lo que ofrecen en devoción oceánica les cuesta ofrecerlo en continuidad, porque la misma naturaleza que se disuelve en ti puede disolverse lejos de ti, arrastrada por la siguiente corriente de sentimiento, la siguiente alma necesitada, y la pareja que perdura es aquella que comprende que este amor no es tanto infiel como ilimitado, y que puede construir, sin resentimiento, las orillas que el río mismo no puede proveer, sabiendo siempre que el agua las pondrá a prueba.
En el trabajo
En el trabajo esta persona necesita el significado de la misma manera en que otros necesitan el oxígeno, y se marchitará en cualquier rol que le pida ser una función en lugar de una presencia; florece donde la empatía y la imaginación convergen, en la sala de orientación, el estudio, la causa, el aula, en cualquier lugar donde el ser humano es el material y el futuro es el lienzo. Piscis aporta una sintonía casi mediúmnica con lo que las personas sienten realmente por debajo de lo que dicen, y el ENFP aporta la energía para traducir esa sintonía en iniciativas, colaboraciones y comienzos inspirados.
La dificultad está en el largo intermedio, el intervalo sin glamour entre la visión y su realización, donde se requiere estructura y el entusiasmo se ha enfriado, donde el soñador debe hacer las cuentas y el disolvente debe cumplir un plazo; aquí esta persona se hunde, dejando tras de sí bellezas a medio terminar como si fueran objetos a la deriva. Las condiciones que requiere no son, por tanto, solo libertad, sino libertad unida a una contraparte que la estabilice, un colaborador o un sistema que recoja lo que la marea deja atrás, para que toda una vida de dones genuinos no se disperse en el agua sin llegar a tomar forma duradera.
Comunicación
Hablan en el lenguaje de lo sentido y lo implícito, en metáfora e impresión y saltos repentinos de asociación que otros encuentran reveladores o desconcertantes, y su conversación tiene la cualidad de las mareas, acercándose íntima y profundamente, para luego retirarse sin aviso hacia una ensoñación privada. El don pisciano para percibir el subtexto bajo las palabras se combina con el don del ENFP para nombrar lo que un grupo tiene miedo colectivo de decir, de modo que a menudo son ellos quienes dan voz a lo no dicho, quienes hacen que una habitación se sienta de pronto comprendida.
Lo que otros experimentan, con el tiempo, es una cierta elusividad, la sensación de que a pesar de toda la calidez y la aparente apertura, el verdadero centro sigue escapando, que la persona que parece entregarse tan libremente ha reservado en realidad alguna profundidad inalcanzable, no por cálculo sino porque ella misma no puede encontrar su fondo; y quienes la escuchan aprenden que ser comprendido por esta persona es glorioso, pero comprenderla plenamente a su vez es un proyecto sin horizonte.
Bajo presión
La presión abruma esta configuración no mediante un solo golpe sino por acumulación, por la incesante absorción del dolor ajeno que la membrana pisciana no puede rechazar y el sobrecompromiso del ENFP no puede declinar, hasta que el yo que todo lo absorbe ya no tiene orilla donde sostenerse. Llega entonces el colapso hacia adentro, la retirada hacia la niebla, la incapacidad de localizar los propios deseos entre los deseos de todos aquellos con quienes se ha fundido, y la repentina y aterradora planitud en alguien habitualmente tan vivo.
En este estado pueden huir, geográfica o emocionalmente, disolviendo conexiones que tardaron años en construir, o pueden buscar el anestésico del escape, de la sustancia o la fantasía o la nueva infatuación, cualquier cosa que calme un sistema nervioso desbordado más allá de su capacidad; y la crueldad de ello es que la misma sensibilidad que los hace luminosos en las buenas estaciones se convierte, bajo el asedio, en el canal por el que se ahogan, tomando agua desde todas las direcciones sin ningún instinto para el achique que la supervivencia exige.
Área de crecimiento
El crecimiento no apunta hacia volverse más disciplinado en el sentido rígido, sino hacia aprender a construir un yo con bordes, un recipiente lo bastante sólido para cargar el océano sin ser anegado por él, lo que implica la práctica poco romántica de terminar, de permanecer presente en el aburrido intermedio de las cosas, de distinguir el propio dolor del dolor que se ha absorbido. Significa aceptar que los límites no son traiciones a la compasión sino su condición previa, que el no protege al sí, que una marea que respeta sus orillas llega más lejos que aquella que inunda y retrocede en un desborde sin forma.
La madurez, para esta persona, llega no como el silenciamiento de ninguna de las dos naturalezas sino como su reconciliación en el tiempo, la disposición a dejar que los grandes sentimientos se profundicen en lugar de dispersarse, a elegir unas pocas corrientes y seguirlas hasta el mar en vez de girar eternamente en el próximo recodo, y no hay consuelo en esto salvo el austero consuelo de volverse real, de haber sido, al final, algo que el agua no pudo simplemente borrar.